Restaurar la dictadura perfecta

Por Gerardo Galarza Hay que recordarlo otra vez: la piedra angular del sistema político que el PRI impuso a partir de 1929, es decir, desde antes de que se...
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Por Gerardo Galarza

Hay que recordarlo otra vez: la piedra angular del sistema político que el PRI impuso a partir de 1929, es decir, desde antes de que se llamara PRI, es la facultad irrestricta del Presidente de la República en funciones para designar a su sucesor. Ningún rey del mundo, sujeto a las reglas de la sucesión monárquica, tuvo tal facultad.
Así ocurrió de 1929 a 1994-1995 (el presidente Carlos Salinas de Gortari designó a dos candidatos presidenciales del PRI por el asesinato de Luis Donaldo Colosio). Y el PRI, partido prácticamente único, dominante, nunca perdió una elección presidencial. A lo mucho, cada seis años, los perdedores fueron grupos priistas que no atinaron a apoyar al entonces conocido como el tapado o, mejor dicho, apoyaron a un tapado que no lo era y sufrieron las consecuencias (no muchas, por cierto).

Ese procedimiento “político-electoral” fue popularmente conocido como el dedazo. El primer Presidente de la República que abdicó (el verbo se utiliza intencionalmente) de la utilización del dedazo fue Ernesto Zedillo para la elección presidencial del año 2000.

Entonces, hubo elecciones internas que ganó Francisco Labastida, quien después se convertiría en el primer priista en perder una elección presidencial. Seis años después, sin Presidente de la República a quien obedecer ni a quien rendirle cuentas, los priistas recurrieron otra vez a elecciones internas y las ganó Roberto Madrazo, quien también perdió la elección presidencial. En ambos casos fue notable la división entre los militantes del PRI.

Para 2012, el PRI tampoco tenía a uno de los suyos en la Presidencia del país, pero ya había aprendido las dos lecciones anteriores y buscó a un candidato de unidad, como aquellos de los tiempos del dedazo.  Y encontró la fórmula: El dedazopresidencial fue sustituido por una candidatura de unidad, producto de un acuerdo entre diversas fuerzas políticas de ese partido, pero, sobre todo, sustentada en un acuerdo entre los gobernadores priistas,  a quienes la Conago (Conferencia Nacional de Gobernadores) les sirvió para agruparse y, principalmente, negociar entre ellos mismos. Ésta es una historia todavía por contarse. De ella surgió la candidatura de Enrique Peña Nieto, gobernador del Estado de México, el primer priista que llegó a la Presidencia de la República sin haber sido designado por su antecesor.

Como Presidente de la República, Peña Nieto ha sido un factor importante para la restauración del viejo sistema político mexicano, el que creó y crió su partido. Los militantes priistas han reconocido, como antes, al Presidente de la República como su “líder nato”, su “líder máximo”; a él le deben lealtad y disciplina y esto ha permitido el regreso de la unidad necesaria para que el Presidente de la República recupere su facultad meta constitucional de nombrar a su sucesor, aunque ahora sólo sea un candidato más.

Y el Presidente de la República ejercerá esa facultad que le conceden sus correligionarios. Ha hablado de la “liturgia” priista de la sucesión presidencial. Y el pasado miércoles18, a pregunta expresa del siempre reportero Francisco Garfias, colaborador de Excélsior, dijo saber que el próximo candidato del PRI a la Presidencia de la República sí estaba presente en la reunión entre miembros de su gobierno y periodistas, a un mes del sismo del 19 de septiembre. Lo de la elección por delegados será un simple trámite partidista.

¿Un candidato más? Sí, los tiempos han cambiado. Y aunque deficiente y endeble, la democracia mexicana ha logrado imponer la prueba de las urnas para acceder a los cargos de elección popular. Hoy, por fortuna para el país, las elecciones se resuelven en las urnas.

El nuevo dedazo al tapado no será por la Presidencia, sino simplemente por la candidatura.

Sí hay nuevos tiempos, muchos ciudadanos lo saben y los imponen. Pero los partidos y los políticos quieren regresar al pasado. Unos, buscando restaurar el viejo régimen o al menos sus ritos; otro, intentando regenerar ese mismo agotado sistema político; y los otros, ninguno, sin excepción, sin ningún proyecto diferente.

Aquí no va a encontrar un pronóstico sobre quién ganará las elecciones presidenciales de 2018. Aquí, con certeza, se opina que, si no hay algo verdaderamente sorprendente en materia político-electoral en los próximos meses, los próximos seis años serán de nueva pérdida para el país, para sus ciudadanos, gane quien gane… con un Congreso de la Unión que, en la práctica, en los hechos de todos los días, cobra desde hace 20 años una especie de derecho de piso político al titular del Poder Ejecutivo, haya sido quien haya sido y sea quien sea.

http://www.excelsior.com.mx/opinion/gerardo-galarza/2017/10/22/1196325

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