El precio del voto

Por: Martín Espinosa Dos factores inciden en el aumento que ha tenido de seis años a la fecha lo que nos cuesta nuestra “incipiente” democracia: el incremento en el...
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Por: Martín Espinosa

Dos factores inciden en el aumento que ha tenido de seis años a la fecha lo que nos cuesta nuestra “incipiente” democracia: el incremento en el número de votantes registrados en el Padrón Electoral y la inflación de 2012 a 2018, lo que en términos reales significa que los candidatos a la Presidencia de la República y sus partidos gastarán la friolera de dos mil 138.3 millones de pesos sólo en las campañas del año próximo; es decir, 457.8 millones de pesos más que lo que se gastaron hace seis años.

Una investigación realizada por Excélsior da cuenta de que en seis años el gasto de los partidos en año electoral presidencial subirá 27%, mientras que el salario de los mexicanos no ha logrado incrementos al ritmo al que gastan los políticos y sus partidos para buscar mantenerse en el poder. Otra de las incongruencias de nuestra democracia.

Compare usted, estimado lector, las cifras de hace seis años con las proyecciones hechas por El periódico de la vida nacional: en 2012 éramos en el padrón 84.4 millones de ciudadanos registrados. Ahora, la cifra es de poco más de 87 millones de electores.

Pero también pesa el gasto que harán, por primera vez, con la nueva reforma electoral, los candidatos independientes que ya comienzan a perfilarse desde ahora rumbo a 2018; dinero que también será auditado y regulado por el Instituto Nacional Electoral (INE). Eso sin contar con los gastos que hará el INE por colocar y mantener los cientos de casillas que se instalarán en todo el país para la elección presidencial y que son del orden de los 22 mil pesos por cada una, lo que da una cantidad de miedo: tres mil 400 millones de pesos, aparte de lo que gasten los partidos políticos.

¿En qué estaremos pensando los mexicanos para permitir tanto despilfarro de recursos monetarios en tiempos donde el dinero falta? Porque nadie compra el argumento de que tantos millones “nos cuestan” para ser democráticos, cuando hay tantas necesidades que se tienen que cubrir a nivel social. Ahí se nota el desdén ciudadano y la falta de interés de la población en los asuntos que son públicos y que al final del día deberían interesarnos a todos.

La realidad es totalmente inequitativa. A los partidos políticos sí les damos más dinero si crece el número de votantes. A nosotros nadie nos da más dinero si crece la familia. Un hijo más en casa o en la universidad (si es que llega) nos significan más gastos que hay que “sacar” de donde sea, pero con el mismo salario. A nuestros políticos los “premiamos” si crece el “padrón”, les damos más prerrogativas si es año electoral, ganan más en tiempos de campañas electorales y al final ni siquiera resultados les pedimos cuando terminan su gestión pública. ¡Qué incongruencia!

Sencillamente, la vida de los ciudadanos transcurre a la inversa de quienes nos gobiernan. Por ahí hay que empezar a cambiar las cosas si queremos que el país no se nos siga yendo entre las manos, en medio del crecimiento inusitado que ha tenido el crimen y la violencia. No es lógico hablar del “costo” de la democracia si los conflictos sociales cada día van en aumento, producto —en gran medida— del empobrecimiento social en todos los sentidos. No es un tema de igualdad, como pregonan algunos; se trata simple y sencillamente de congruencia: para ser democráticos en la vida cotidiana y en la vida pública, hay que empezar, primero, por ser democráticos en los beneficios que trae para la sociedad vivir en un régimen de libertad y donde las decisiones son tomadas por la mayoría y no por unos cuantos. Lo demás es demagogia.

Publicado originalmente en Excélsior:
http://www.excelsior.com.mx/opinion/martin-espinosa/2017/07/04/1173509

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